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X Aniversario Dies Natalis Enzo Piccinini
Lunes 25 de mayo de 2009 – Duomo de Módena

Homilía de don Julián Carrón
Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación

Si hay un sentimiento que compartimos esta tarde es la gratitud por haber conocido, o por
habernos encontrado de alguna forma con Enzo en nuestra vida. Es una gratitud inmensa
hacia Cristo porque nos lo ha dado, lo ha generado para mostrarnos a todos lo que puede
llegar a ser la vida cuando en uno como él se realiza lo que leemos sobre su tumba: “En la
sencillez de mi corazón te he dado todo con alegría”.
Conocemos mejor el significado de esta frase ahora no sólo porque alguien nos la explica,
sino porque sabemos verdaderamente cuál es el fruto, la intensidad, la humanidad que puede
generar una sencillez como la que hemos visto en Enzo, que lo ha dado todo con alegría. Esta
sencillez genera una personalidad tan arrolladora, tan presente en la realidad, tan coincidente
con lo que hace, tan apasionada por todo que, diez años después de la muerte de Enzo, todos
nosotros seguimos impactados – aunque hayamos convivido poco con él, como es mi caso –
por aquellos momentos en los que hemos tenido la suerte de verlo en acto, de experimentar
por su cercanía algún destello de aquella pasión arrolladora que lo distinguía de todos los
demás.
Las lecturas de hoy nos ayudan a entender lo que es capaz de generar este “sí” que Enzo, al igual
que san Pablo, había dado a Cristo. Un signo evidente de esto es la libertad. “Entró en la sinagoga
– dice la lectura de los Hechos de los Apóstoles – y durante tres meses hablaba con valentía”. La
libertad: la posibilidad de proponerse uno mismo con todo su ser sin censurar nada, “discutiendo
acerca del Reino de Dios e intentando convencerles” (Hch 19,8). La libertad de proponerse uno
mismo con todo su ser y con todas las razones permite ser tan libres. Es lo que Pablo trataba de
comunicar en la manera de acercarse, a la hora de poner su libertad en acción y mediante la
palabra que anunciaba. El Evangelio nos dice cuál es su origen: “Yo no estoy solo, porque el
Padre está conmigo” (Jn 16,32). Esta libertad no es el resultado de una osadía ni de una energía
que uno tiene: es el fruto potente de una pertenencia vivida. No somos nosotros el origen del
fruto: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Esta pertenencia reproduce en el presente la
misma intensidad de vida, la misma “fiebre de vida” – utilizando las palabras de don Giussani –
que ha introducido Jesús en la historia. Porque, amigos, nosotros podemos entender qué es la
vida, para qué se nos ha dado, cuál es la vocación a la que hemos sido llamados: para poder
testimoniarlo, para poder hacer resplandecer la gloria de Cristo, la belleza de una vida así, la
verdad que Cristo es para la vida cuando uno Lo acoge con sencillez.
Cuando Enzo murió, don Giussani se dirigió a todo el Movimiento invitándonos a pedir
“heredar su misma fe”. Pienso que cada uno siente estas palabras y el deseo de don Giussani
como la expresión más adecuada a cada uno de nosotros. No deseamos otra cosa. ¿Quién de
nosotros, los aquí presentes, no desea heredar esta fe?
Pidamos a la Virgen que, a través del don del Espíritu Santo que Ella nos trae, podamos
generar testigos así, podamos heredar su misma fe, para que podamos continuar haciendo
presente en la historia la belleza, la intensidad, la libertad que nosotros hemos podido ver en
Enzo.

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